garniellastravel

Viajes & Letras


Jökulsárlón, un lugar bonito

¿A quién se le ocurre poner una luz de salida de emergencia justo encima del cabecero de una cama?

Desde aquí a Vik nos separan unos 400 km. A pesar de ello por el camino tendremos varias paradas obligatorias que nos harán más llevadera la distancia. Dos horas después de comenzar la jornada nos topamos con la primera de ellas. A pocos metros de la carretera 1 el glaciar Breiðamerkurjökull hunde sus últimos hielos en el lago Jökulsárlón, aquí flotarán durante largo tiempo pequeños icebergs desprendidos que acabarán en las aguas del océano, al otro lado de la carretera. Llueve ligeramente y las corrientes de aire, que acarician el glaciar, arremeten contra nosotros en un intento por preservar su extraña pureza, casi desaparecida hoy día. La niebla envuelve el lago en una estampa de cuento. La explanada adyacente, que hace la función de parking, se encuentra completamente llena de coches, autobuses, vehículos anfibios, y un numeroso grupo de japoneses que salen corriendo para inmortalizar la escena. Y es que aquí y allá abundan los turistas, los viajeros, y los emprendedores que te arreglan una pequeña excursión en lancha entre los bloques de hielo. Y, a pesar de todo, caminando unos minutos hacia el interior, la marabunta de gente empieza a desaparecer poco a poco. Aquellas señoras que calzan sus tacones han preferido no pisar las rocas de la orilla y los reporteros gráficos de tabletas y iPads han corrido a protegerse de la lluvia. Desde aquí el paisaje merece alguna que otra lágrima. De vez en cuando se escucha un crujido entre la niebla y, acto seguido, un chapoteo producido por el desprendimiento de un fragmento de hielo. Un poco más lejos una foca se desliza en las aguas intentando esquivar las zodiacs, ocupadas en un ir y venir intenso.

IMG_3216 copia

IMG_3228 copia

En ocasiones resulta divertido imaginar estos lugares que uno visita como parte de un universo inventado, como pretender estar en otra parte, y exactamente eso es lo que ocurre de cuando en cuando en este lugar, o eso es lo que pretenden que creamos los profesionales de la gran mentira, el cine. El especial escenario que forman estos hielos ha servido de fondo para que personajes como Lara Croft, Batman o James Bond corretearan cual chiquillos traviesos detrás de los malos malísimos en decenas de películas.

IMG_3247 copia

IMG_3248 copia

A poco más de 5 Km de Jökulsárlón volvemos a encontrar un desvío. El lago glacial Breiðárlón, menos conocido, menos señalizado, e igual de espectacular se presenta inmenso ante nosotros. Minutos después la niebla, que en un principio envolvía el tímido glaciar, desaparece para mostrarnos el esplendor de los hielos. Aquí hallamos solamente un remolque todoterreno, con una pequeña oficina dentro, ofrece recorridos por el lago. De sus paredes cuelgan varios trajes flotantes de salvamento, esa clase de monos naranjas que se podrían mantener por sí solos de pie y que, ahora mismo, tratan de engullir a una pequeña niña asiática, cuyos padres han pensado que no hay nada mejor que un recorrido por estas aguas para recordar con cariño la visita al glaciar. Aunque, en mi opinión, lo que se quedará grabado a fuego en la memoria de esta niña serán los esfuerzos titánicos que ha de hacer para no desaparecer en el interior incógnito de ese horripilantes traje.

La ruta continúa entre campos de lava y pequeños pueblos, comunidades que más bien parecieran granjas de tamaño medio que pueblos en sí. En este tramo las montañas que rodean el camino exhiben vertiginosos acantilados, como si la ladera del monte hubiera sido perfectamente seccionada por el bisturí de un gigante. Aquí y allá se suceden pequeños saltos de agua de quince o veinte metros de altura que van a parar, en la mayoría de ocasiones, en los patios traseros de granjas solitarias. Y es que, desde hace siglos, los islandeses han tenido que sacar provecho de esta naturaleza tan agreste que les rodea.

Desde que hemos dejado Breiðárlón la lluvia parece una constante que se acentúa a medida que nos acercamos a Skaftafell. Skaftafell es la joya del Parque Nacional Vatnajökull, un paraíso de glaciares, cascadas, picos, rutas de senderismo y demás; o eso es lo que dicen todos los catálogos que uno pueda leer. Al menos hoy no parece el mejor paraíso en el que quedarse. El centro de recepción de visitantes está desbordado de gente que se agolpa bajo su techo intentando escapar de esta lluvia que, de momento, no parece que vaya a remitir. El cielo está horriblemente cubierto, la niebla oculta lo que debería ser la entrada al paraíso, y los rostros sonrosados de esa gente, embutida en sus chubasqueros de plástico, parecen envidiar el simple hecho de estar dentro de un coche.

IMG_3260 copia

Vík í Mýrdal es la población más meridional de Islandia. Con apenas 300 habitantes se ha convertido en uno de los pasos obligados para el turismo en la isla. Es cierto que en sus alrededores se sitúan puntos que merecen ser visitados, pero este pueblo no deja de ser una larga calle con dos bares, un supermercado, la tienda de alcohol (que no falta en cualquier población), y una gran gasolinera. El Youth Hostel se sitúa en una pequeña colina que ascienda cerca del límite de la población. Las gallinas campan por el parking y la recepcionista es un poco seca, sin duda no es un buen reclamo para este establecimiento que pretende vanagloriarse de sus instalaciones y su situación. Tras descalzarnos en la entrada, algo que deberíamos aprender en España, bajamos a nuestra habitación, un pequeño zulo en el piso inferior. «Quizás nos quedemos sin aire en mitad de la noche», comenta Pedro. Luego de una confortable ducha decidimos bajar al pueblo con la intención de encontrar algún sitio en el que tomar una cerveza y comer. Lo que hace un par de horas parecía una ciudad muerta ahora se transforma en un estremecedor bullicio, al menos de la puerta de los bares hacía adentro. Es complicado encontrar un hueco en el que darse a la gastronomía islandesa. Los turistas, que hasta hace unas horas recorrían caminos y glaciares, han llegado para festejar el final de otro día. Incluso uno de los locales de comida rápida de la gasolinera manifiesta una importante actividad. El otro, un ajado servicio de hamburguesas y perritos calientes, representa el verdadero espíritu de los parroquianos. Dentro huele a frito insano, las fotos de los menús amarillean quien sabe si por el paso del tiempo o por su particular atmósfera masticable, aunque a dos caballeros entrados en carnes y años parece que no les importe mucho. Es hora de volver a nuestro hostel.

IMG_3265 copia

 Más fotos en la galería y en Flickr

Deja un comentario