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Viajes & Letras


De Isafjördur a Sæberg

Me despierto a las ocho de la mañana para poner la lavadora. Todavía con los ojos cerrados abro la puerta del cuarto de lavadoras y me encuentro al anciano:

  • ¡Buenos días! Ya te he puesto la primera lavadora, ahora voy a poner la segunda. ¿Tú crees que si paro la lavadora antes de que centrifugue por completo pasará algo? –Pregunta mientras presiona el botón de stop.

Mejor vuelvo a la cama.

Cuando me despierto de nuevo está sacando la primera tanda de ropa de la secadora, una de esas centrifugadoras enanas que escurren la ropa sin secarla del todo. Maldita sea, ¿cómo voy a cargar con toda esta ropa mojada? Murmullo para mis adentros.

  • Si la cuelgas ahí fuera te secará en menos de una hora –me dice.

Hace bastante viento, pero el día está frío. Aun así, todavía incrédulo, salgo en bermudas a colgar la ropa; total, no hay nada que perder. La ropa se agita al viento, ese viento que viene deslizándose desde las colinas con un humor de perros. En cualquier momento las pinzas saldrán despedidas y mi ropa se llenará de tierra, lo estoy viendo.

Casi me congelo de frío.

Como empieza a ser costumbre desayunamos cuando todo el mundo lo ha hecho ya, el gusto por el ritmo pausado. Incluso hay algunos que empiezan a preparar la comida. A los alemanes les gusta estar preparados con tiempo.

Abandonamos el albergue para continuar nuestra ruta.

  • ¡Mierda, nos hemos dejado el arroz y el queso!

Hoy bajaremos desde Isafjördur hacia el sur, sorteando algunos fiordos, para entrar en la parte norte de Islandia.

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Isafjördur tiene el carácter perdido de las antiguas ciudades prósperas, pequeñas urbes que se entusiasmaban por la actividad de los balleneros. Hoy en día Isafjördur no ha perdido su encanto de pueblo, casas de madera, algún edificio del siglo XIX, y un movimiento en el centro que es debido, en parte, a alguno de los pequeños cruceros que se atreven a llegar por estos fiordos.

En la gasolinera de Isafjördur nos paramos a hinchar una de las ruedas del coche que parece más baja de lo normal. Ya hemos circulado por mucha grava sin problemas y queremos seguir con la misma suerte, evitando precipitarnos por uno de estos acantilados. Poco a poco la presión en la rueda sube hasta 10, quizá sea mucho, lo dejamos en 8.

  • ¿Pero tú no eres ingeniero?

Estas cosas se me olvidan siempre.

En la puerta dice 2.2. Eso parece imposible. Seguimos bajando y subiendo la presión, primero de una rueda, luego de todas. Volvemos a dejar todas como estaban. Marta, que ha desaparecido hace unos minutos, llega acompañada de un lugareño:

  • Si presionáis este botón podéis cambiar las unidades de presión en la maquinita.

PSI y bar, la madre que os parió.

Dejamos atrás Isafjördur mientras vemos una pequeña avioneta aterrizar con cierta gracia en el mini aeropuerto, al borde del fiordo. La carretera 61 hace enormes zigzags sorteando los profundos fiordos; por veces estamos junto al mar y, de pronto, nos encontramos en lo alto de una montaña con una panorámica espléndida.

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Justo antes de entrar en Litlibær hay unos coches aparcados en el arcén, los coches en la carretera son tan escasos que un par de ellos en un arcén suponen una noticia para nosotros. O quizá algo esté pasando. Al acercarnos nos damos cuenta de que también hay unas personas que parecen observar algo en el mar. Cuando giramos nuestras cabezas descubrimos un grupo de focas tomando el sol a menos de cien metros de donde estamos.

Así nos encontramos, engatusados ante un grupo de focas cuando, de repente, a lo lejos, se escucha un bufido y un chorro de agua salir del agua, una ballena. En este país no hace falta ni siquiera coger un barco para ir de safari ballenero, con un poco de suerte las tienes aquí, a un paso de la costa, ante nuestra mirada incrédula. Durante algunos minutos la vemos entrar y salir del agua en mitad del fiordo. La verdad es que es maravilloso, uno de esos momentos por los que venir a este país ya merece la pena.

Continuamos nuestro camino pensando que vamos a volver a llegar tarde a nuestro albergue, de nuevo muy cercano a la carretera 1, que hemos vuelto a coger al bajar desde Hólmavik. Sæberg Hostel se encuentra a medio camino entre Reykjavík y Akureyri, a escasos metros de las aguas oceánicas que bañan esta costa. Al albergue se llega saliendo de la carretera principal a través de un pequeño camino que se aproxima al fiordo. Los libros y mucha gente con la que hemos tropezado nos han hablado de agua caliente brotando del suelo, de vapor saliendo por cualquier esquina de un prado; aquí, en este corto camino hacia el albergue, queda confirmada su existencia, pequeñas fumarolas aparecen por uno y otro sitio.

Lo mejor de este albergue es que tiene tres hot-tub, algo así como un pequeño jacuzzi de agua caliente natural pero sin burbujas. Justo detrás de la casa hay uno; las vistas sobre el fiordo que se tienen desde aquí resultan ciertamente espectaculares.

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Nada mejor, para acabar este día, que un buen baño. Daniel, un adolescente inglés que también se alberga aquí, también ha decidido darse un baño. El agua llega al hot-tub a través de una pequeña manguera, a la misma temperatura que sale del interior de la tierra que pisamos. Por momentos parece insoportable, pero poco a poco se empieza a coger el gusto a esta temperatura. Daniel viaja con su familia y unos amigos por Islandia, están haciendo el recorrido inverso al que hacemos nosotros, así que nos vienen muy bien todas las recomendaciones que nos sugiere. Cuando hemos llegado parecía un poco callado, normal si te encuentras a tres españoles que entran como energúmenos en el remanso de paz que estás disfrutando, pero tras unos minutos empieza a charlar animadamente.

Desde aquí contemplamos el fiordo. A unos cuantos metros las aguas del mar; de frente, las montañas que conforman la otra orilla. El sol cae entre ellas. No hay espectáculo igual.

Cuando salgo del agua casi pierdo la estabilidad, creo que no he sido consciente de la bajada de tensión provocada por el agua caliente. En un instante me repongo y me quedo de pie, mirando hacia el sol tratando de secarme con sus últimos rayos.

  • Hola, ¿qué tal? –escucho.
  • ¿?

Es entonces cuando hace aparición uno de esos personajes que no esperas encontrar en un sitio como este. Canadiense, fotógrafo, y borracho. Me cuenta que solo tiene tres días para sacar unas buenas fotos para una revista de Canadá, y ha escogido esta zona. Es flaco, el pelo revuelto, y sus gafas parecen caerse desde el extremo de su nariz hasta que un dedo las obliga a permanecer otra vez en su posición original. El mismo dedo que se encarga de sujetar un cigarrillo que se consume rápidamente sin recibir una calada siquiera. Parece que la ceniza se cae una y otra vez sobre él, al menos eso indican todos los pequeños agujeros en su pantalón.

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Es este mismo tipo el que nos pregunta a Pedro y a mí mientras disfrutamos del sol en una de las mesas exteriores:

  • ¿Fumáis? Porque tengo una mercancía muy buena en el coche.

Definitivamente, le falta un hervor.

En la cocina del albergue hemos olido a cordero asado, hay un tipo borracho dando la tabarra por las mesas, y una pareja de italianos se deleitan con unas cuantas chuletas y vino.

Creo recordar que las “chips-rajoy” entran en escena en este momento.

Más fotos en la galería y en Flickr

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