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La noche ha llegado a ser calurosa.
En Islandia se da una modalidad de alojamiento muy curiosa, que podríamos conocer sencillamente como «cama»: tú pones el saco de dormir y ellos se encargan de la superficie sobre la que descansar. Pero no hay que desesperar, sencillamente son camas en habitaciones comunes, sustancialmente más baratas al no contar con sábanas ni otra ropa de cama. Aunque si uno prefiere dormir arropado como en casa siempre puede alquilar unas sábanas por unos 10€ la noche.
Llueve y hace frío.
Grundarfjörđur, al otro lado de la bahía, tiene algo que nos sorprendió desde el primer momento: una moderna iglesia de formas triangulares, una muestra de que el gusto por el buen diseño llega a todos los rincones de esta isla, incluso a este pequeño pueblo. O quizá sean reminiscencias de la cierta prosperidad económica que vivió este pequeño núcleo algunos años atrás. Se cuenta que la riqueza comenzó a llegar al mismo tiempo que lo hacían unos comerciantes franceses allá por inicios del siglo XIX.
- ¡Hostias, me he cargado el chubasquero!- exclama Pedro mientras se lo ata cual mandil cocinero a la cintura.
Es la primera vez que los sacamos de la bolsa y lo cierto es que no parecen muy resistentes.
La carretera 54 deja Grundarfjörđur para dirigirse al extremo occidental de la península de Snæfellsnes. Pronto dejamos atrás la población de Ólafsvik, que se pierde en un parpadeo de ojos. A lo lejos se vislumbra la iglesia de Ingjaldshóll, considerada la iglesia de hormigón más antigua del mundo. Es en esta iglesia donde la leyenda y el misterio se convierten en interrogante. En sus paredes se representa una vieja leyenda del siglo XV, muy conocida por estos lares. Se dice que, mucho mucho tiempo atrás, allá por el lejano año 1477, arribó al puerto de Rif un barco mercante de bandera inglesa en el que viajaba un hombre, un personaje muy apasionado por los viajes oceánicos de los valientes marinos islandeses. Ese personaje no era otro que Cristóbal Colón, que en su afán investigador, llegó a pasar todo un invierno por esta zona. Quién sabe si es cierta o no esta leyenda, lo que sí es difícil de creer es que se aventurase a ciegas hacia los abismos del límite oceánico.
La carretera 574 toma el relevo de la 54 para recorrer el extremo más lejano de la península. Esta parece ser tierra de historias y mitos literarios, ya que es en este volcán, cuyo cráter se puede ver desde kilómetros de distancia, donde Julio Verne hace descender a los protagonistas de “Viaje al centro de la Tierra”. Ese volcán, el Snaefellsjökull, da nombre a toda esta península: Snæfell.
Los acantilados de Arnarstapi, al sur, se dibujan en negro sobre el mar. Sopla el viento con fuerza, llueve lateralmente y maldigo por enésima vez la pérdida de mis botas.
Gerđuberg, cerca del desvío para retomar la carretera 54, es una pared formada por inmensas columnas exagonales de unos 5 metros de alto. El cielo, que sirve de telón de fondo, es completamente azul; el sol no acaba de asomarse lo necesario como para dejar de sentir frío, y nuestro coche empieza a desaparecer bajo capas de polvo. La matrícula es ya ilegible.
La carretera alterna tramos de asfalto con los de grava, sube y baja, se incorpora a la 60 y comienza a ascender para entrar en la región de los fiordos del norte, allí donde los paisajes islandeses se muestran más dramáticos, la lejana costa a la que pocos turistas se acercan por miedo a perder jornadas en sus viajes.
Djúpafjörđur y Breiđafjörđur quedan atrás en nuestra ruta. En Flókalundur seguimos ruta norte dejando a un lado la península de Látrabjarg y, pocos kilómetros después, aparece ante nosotros una de las primeras grandes cascadas: Dynjandi, sin duda la mayor de esta región.
Una pequeña pista sin asfaltar conduce hasta la explanada que hace de parking. Desde aquí la catarata se muestra gigante, el agua juega con el viento creando una cortina de agua que se diluye en el aire, mientras que una corriente fría e intensa es conducida hacia nosotros por las colinas que nos rodean. El fiordo se adivina a dos pasos de aquí. El sonido del agua es ensordecedor, aunque no parece gran cosa para un par de tiendas de campaña que se acomodan en la base misma de la cascada, protegidas por un pequeño desnivel en el terreno. Realmente no es una sola la caída de agua que se aprecia; subiendo hacia el encuentro con Dynjandi nos detenemos en otras cuatro o cinco más pequeñas. Desde lo alto se puede entender por qué Islandia es un paraíso perdido en mitad del océano.
Esta noche la pasaremos en un albergue de estas costas. Ya vamos a contrarreloj, la recepción cerrará a las diez de la noche. De pronto levanto la vista del libro y veo, por casualidad, un minúsculo letrero con el nombre del albergue al borde de la carretera. Damos la vuelta, volvemos al cruce y seguimos cinco kilómetros por una pista sin asfaltar. Son las 21:30 cuando llegamos a su puerta. El dueño, un simpático anciano, sale a recibirnos:
- ¡Bienvenidos! Nos habéis encontrado bastante bien.
Más que un albergue parece una pequeña casa familiar, una centenaria granja. Solitaria en medio de la nada, al fondo del fiordo Önundarfjördur. Detrás, las enormes colinas que recortan el paisaje; delante, la majestuosa puesta de sol.
- Aquí tenéis la cocina, los baños, la sala de reuniones, y este sueco que compartirá habitación con vosotros. Es buena persona, hasta donde yo sé –nos cuenta el abuelo mientras nos guiña un ojo.
Afuera el sol cae en un espectáculo sin igual.
- En toda esta región vivimos unas veinte familias, todos nos conocemos. De hecho la más cercana está al otro lado del fiordo. Así que, técnicamente, todo esto que se ve es propiedad nuestra, incluso parte del fiordo –dice mientras extiende sus brazos hacia la puesta de sol con sonrisa picarona.
Quien sabe, quizá sea verdad. Quizá posea la tierra que tenemos ante nosotros. O quizá sea esta tierra la que le posee a él de una forma difícilmente explicable para nosotros.





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